La Danza del Terapeuta Energético
Hoy quiero compartir con vosotros una de las reflexiones que experimento en mis sesiones de terapia energética.
Es una paradoja: cada día me asombro más de los resultados que presencio, pero al mismo tiempo, sé que mi mayor reto es mantener mi ego en su lugar. Es la sutil pero crucial danza entre ser un canal y no creerse la corriente misma.
En una sesión, veo cómo el dolor se disipa, cómo la ansiedad se calma, cómo patrones arraigados comienzan a ceder. Las historias de transformación son asombrosas y, a veces, no me lo creo ni yo. Me sorprendo tanto como las personas que vienen a consultar. En esos momentos de buenos resultados, es fácil sentir un impulso, una punzada de orgullo: "¡Lo he hecho yo! ¡Mi técnica, mi energía, mi poder!". Esto ya es un error, porque yo he aprendido de otros y sólo aplico lo aprendido.
Y es precisamente ahí donde reside el gran desafío.
El ego, en su esencia, no es mi enemigo. Es una parte necesaria de mi estructura psíquica; me permite tener una identidad, poner límites, tomar decisiones, incluso fijar el valor de mi trabajo profesional. El ego, en una orquesta, es el director, organiza, guía, pero no es la música.
El problema surge cuando el ego quiere convertirse en la música, cuando se adueña del proceso. Si el ego se infla, si yo creo que "soy yo" quien sana, entonces me convierto en un filtro opaco, no en un canal. La energía pura se distorsiona, pierde fuerza, o incluso se detiene. El canal se estrecha. El "yo" del terapeuta se vuelve ruido en la frecuencia de la sanación.
El reto entonces, no es intentar aniquilar el ego, sino integrarlo. Esto significa reconocer su función de estructura y presencia, pero no de autoría.
Mi papel es el de una facilitadora, un puente, una antena. Yo soy quien crea el espacio seguro, la que escucha con atención plena, la que simplemente aplica las técnicas aprendidas y la que mantiene la intención clara.
Pero la verdadera sanación, la chispa que enciende el proceso, no viene de mí, sino de una Inteligencia Universal que opera a través de mí. Lo podemos llamar la Fuente, el Campo Cuántico, el Creador, como queráis.
Cuando el ego se mantiene integrado, se convierte en un aliado. Me permite estar presente, sin apegarme al resultado ni al reconocimiento (y esto cuesta cuando los resultados no son buenos, y también cuando son espectaculares). Me ayuda a decir, con honestidad y sin falsa modestia: "He estado ahí, he sostenido el espacio, he sido testigo. Pero el trabajo ha sido de tu propia energía vital, con la ayuda de algo más grande que yo".
Esta perspectiva me permite seguir asombrándome sin apropiarme, y espero mantenerla en mi práctica diaria.
En cada sesión, al ver las reacciones, mi mantra interno es el mismo: "Gracias por permitirme ser el canal. Gracias por la confianza. Y, por favor, que mi ego solo sea el guardián de este espacio, nunca el protagonista."
Soy lo suficientemente importante como para sostener tu mano y guiarte durante la sesión, pero lo suficientemente pequeña como para no estorbar el paso de la luz.
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